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Los demonios del Cabo de Hornos

04 febrero, 2010
Domingo 17 de Mayo de 2009
Escenas de este islote que cuelga del mapa.
Por Gazi Jalil F., desde Cabo de Hornos.
Cuando se despeja la gélida bruma, la isla Hornos surge a estribor como un espectro atrapado en este infierno de olas y viento que es el Mar de Drake. Tras doce horas de navegación desde Puerto Williams, el Sibbald, la patrullera de la Armada, se mece frente a la mítica roca.
No es que haya mucho que ver allí: un faro, una pequeña capilla, la escultura de un albatros, algunos árboles enanos, flora a ras del suelo y un sendero interrumpido por algunas placas que dan cuenta de que estamos en el fin del mundo. Nada más.

También hay una absoluta soledad. Cuando uno desembarca del zodiac se siente eso. Una soledad abrumadora. Aquí llegan cien turistas en promedio al día, pero es como si nunca hubiera estado nadie. Como si uno fuera el primero. Se diría que aquí ni siquiera penan las ánimas.

La lluvia cae pesada a esta hora de la mañana. Eliot Villarroel, 37 años, sargento segundo de la Armada, da la bienvenida.

–No abandonen el sendero –advierte.

La casa del farero
La casa de Villarroel es amplia y está pegada al faro. En el pasillo corren sus dos hijas, de 6 y 3 años. Su mujer, Patricia Córdoba, viste el uniforme olivo de los guardaparques de la Conaf. La familia llegó en diciembre a vivir aquí y estará durante un año, hasta que una nueva familia se haga cargo del control marítimo del Drake.

En las paredes cuelgan cuadros marinos y en una repisa del living hay una colección de libros Salvat, revistas viejas y faros en miniatura. Tienen televisión satelital, internet y a veces les llegan diarios.
La lluvia y el viento golpean con fuerza las ventanas. Villarroel dice que no es nada, que hace un par de semanas hubo rachas de 180 kilómetros por hora y había que ver cómo temblaba la casa.

Su día partió a las 6.15 de la mañana: revisó los generadores de energía, recibió a los turistas que trae el Mare Australis, se ocupó de la seguridad del desembarque y supervisó el resto de las visitas. En unos minutos saldrá a enviar uno de los reportes meteorológicos que debe dar cada tres horas y se preocupará de un par de yates que están por pasar, en una jornada que sólo terminará a las 9 de la noche.

–Me pasa lo mismo que si estuviera en una ciudad. No se tiene mucho tiempo para el recogimiento ni para pensar donde estoy. Ni siquiera almuerzo tranquilo. Mi señora se molesta, pero qué puedo hacer.

Patricia lo mira.

Ella se encarga de velar por el medioambiente de la isla, le hace clases a sus hijas y envía estadísticas mensuales de los visitantes que llegan a Hornos. A veces fotografía las aves migratorias.

Por la ventana de la cocina, dice, ha visto los mejores atardeceres de su vida.
–Son amarillos y rosados. No sé si en otra parte del mundo son tan lindos.
–¿Echan algo de menos?

–Ir a una tienda, comprar ropa, tomar helado –dice ella.

–Comerme un congrio, una corvina –detalla él.

–El pan fresco –acota ella.

–Tomar sol –agrega él.
Ambos ríen, mientras la tenue luz del mediodía entra por la ventana.

–Es duro no tener a los padres cerca. Se extraña eso –dicen después.
Ni un paso en falso

Todos los santos días, Manuel Olguín (40), médico cirujano, se levanta pensando que lo mejor que le podría pasar es no tener trabajo. Hace unas semanas hacía turnos en la urgencia en el Gustavo Fricke de Viña del Mar, donde atendía pacientes baleados, acuchillados, golpeados, hasta que le ofrecieron venir al Cabo de Hornos.

–Ni lo pensé. Ya había trabajado en Isla de Pascua y en el Paso Los Libertadores.

Ahora vive en un container al otro lado de Hornos, apenas visible para los turistas. Es parte de un equipo doctores y enfermeros que apoya los trabajos de desminado de la isla, que fue sembrada con minas antipersonales hace 30 años, durante la cuasi guerra con Argentina.

Qué se sabe: que hay 200 minas, que cada una tiene 2,5 kilos de explosivos, que fueron fabricadas por Cardoen. Hay 15 desminadores limpiando la zona. Ya han detectado y destruido 38 minas.

–Cada vez que encuentran una, salgo a escuchar la explosión. El suelo retumba hasta allá –dice Olguín, apuntando al otro lado de la isla.
–Suena extraño, pero lo ideal es que no trabaje. Porque el día que lo haga, va a ser serio.

La última postal

Un ejército de turistas camina en fila hacia la escultura del albatros, clavada en lo alto de la isla. La foto es obligatoria allí.
–¿Esta isla es argentina? –pregunta una visitante colombiana.
No es raro que muchos crean eso. El guía que la acompaña dice que Argentina ha sabido aprovechar mejor esta parte del mundo con su oferta turística. Opina que Puerto Williams apenas es un pueblo opacado por Ushuaia, una reluciente ciudad que el año pasado recibió cerca de 300 mil visitantes.

–¿Es de Chile? –repite la colombiana.

Atardece en Hornos. El cielo es amarillo y rosado.

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